Sostenibilitat29 gener 20266 min de lectura

Se acabó quemar: la nueva normativa de la UE que pone de cabeza a la industria de la moda

Claudia Chávez
Claudia Chávez
REVIU Girona
Se acabó quemar: la nueva normativa de la UE que pone de cabeza a la industria de la moda

Bruselas ha decidido que, a partir de 2026, destruir ropa y calzado será ilegal

Suena sensato, ¿verdad? Lo desconcertante es que haya hecho falta una norma para recordarle a la industria y a sus CEO algo tan elemental: fabricar para luego quemar no era precisamente la estrategia más brillante.

La medida en sí no limita cuánto se produce ni cuestiona el ritmo vertiginoso de las colecciones. No frena el exceso; solo impide que desaparezca sin dejar rastro.

Si una prenda no se vende, ya no podrá "esfumarse" discretamente al final de la temporada. Habrá que hacerse cargo. Una exigencia casi revolucionaria para un sistema acostumbrado a cerrar la puerta del almacén y mirar hacia otro lado.

Durante años, las marcas amontonaron productos como si el espacio y la paciencia del mercado fueran infinitos

Más colecciones, escaparates y sensación de novedad. Y cuando el ciclo terminaba, el excedente se "gestionaba". Un verbo elegante para describir prácticas menos fotogénicas: quemar, triturar, descartar. Márgenes intactos, exclusividad cuidadosamente protegida y conciencia… opcional.

En el norte de Chile, en el desierto de Atacama, toneladas de ropa importada se apilan como si fueran parte del paisaje. Literalmente. Es la consecuencia tangible de un modelo que produce más de lo que puede absorber. Mientras Europa debate reglamentos, allí las montañas textiles siguen creciendo. Difícil no soltar un "¿en serio?" con cierta incredulidad.

Y te preguntarás: si no se destruye, ¿qué se hace?

La Comisión Europea no deja demasiado margen a la imaginación. El excedente deberá reutilizarse, donarse, revenderse en otros mercados, remanufacturarse o, como última opción, reciclarse. La destrucción quedará reservada a casos muy específicos: riesgos para la salud, daños irreparables o infracciones de propiedad intelectual. Nada de decisiones discrecionales. Las autoridades nacionales supervisarán todo. La puerta trasera se estrecha.

En teoría y con mucha fe, por fin hablamos de economía circular, no la de gráficos verdes y flechas infinitas, sino la que obliga a abandonar el modelo de producir y descartar.

Productos con varias vidas, inventarios pensados con algo más que optimismo, excedentes que no desaparecen sino que se gestionan de verdad.

Y si hablamos de sostenibilidad

Esa palabra que durante años funcionó como claim amable o campaña con luz natural. Resulta que no es decorativa, hablar de sostenibilidad implica revisar materias primas, procesos, empaquetado, distribución y devoluciones. No se activa solo cuando se necesita un comunicado, la sostenibilidad obliga a los directivos a involucrarse de lleno y repensar su modelo de negocio.

Para añadir otra capa de realidad: no existe un reglamento global único que ordene el laberinto de certificaciones y "promesas". No hay manual internacional que distinga quién transforma su sistema y quién solo lo usa para comunicar mejor. Por esto el Pasaporte Digital de Producto que introduce la nueva normativa de la UE no es burocracia, es trazabilidad que no se podrá disfrazar con una campaña bonita de greenwashing.

Si la sostenibilidad va a convertirse en estándar y no en tendencia pasajera

La industria deberá asumir algo elemental: producir sin medida no es solo arriesgado reputacionalmente; es insostenible en todos los sentidos.

Quizá, por primera vez en mucho tiempo, hablar de sostenibilidad dejará de ser postureo. La ropa que no se venda tendrá que encontrar un destino que no sea el fuego. Y eso, más que la normativa en sí, es lo que realmente pondrá de cabeza a la industria: tener que hacerse cargo de cada prenda que decide poner en el mundo.